El matrimonio marca, y también su ausencia

Un estudio realizado en el Reino Unido muestra que el crecer como hijos de padres casados o no casados tiene perdurables efectos divergentes en términos económicos y de bienestar.

El divorcio cuesta, y no únicamente a los que se separan: nos cuesta a todos de alguna manera, como por derivación, en una suerte de “efecto mariposa” que exhibe números muy concretos.

Los trae el estudio “El efecto a largo plazo del matrimonio en la movilidad social”, de los investigadores británicos Harry Benson y Spencer James, quienes se han centrado en las consecuencias del matrimonio y el divorcio para el bienestar de los ciudadanos de su país.

Los autores cifran el costo de la desintegración familiar en 48.000 millones de libras esterlinas (54.400 millones de euros) anuales, que en buena medida se gastan en ayudas sociales a las familias monoparentales.

Por ejemplo, las familias en las que falta uno de los progenitores tienden a necesitar el auxilio de las instituciones para acceder a una vivienda asequible y para pagar el cuidado de los niños.

El Estado, por su parte, debe poner más para sufragar los programas de rehabilitación de aquellos hijos de hogares rotos que tienen problemas conductuales o hechos delictivos a sus espaldas, gastar en servicios policiales y penitenciarios, pagar almuerzos escolares a los niños de bajos recursos, etc.

La estructura del hogar sí marca

Benson y James subrayan una realidad: Gran Bretaña es, entre los países desarrollados, la que presenta los mayores niveles de inestabilidad familiar. A los 12 años, el 62% de los niños nacidos de padres simplemente convivientes y el 32% de quienes lo han hecho de padres casados han experimentado al menos una transición, esto es, un cambio de pareja de sus progenitores.

La investigación de los británicos examinó los resultados combinados de dos estudios: uno que comenzó en 1958 y que hizo un seguimiento de las circunstancias económicas, familiares, de salud y bienestar de 17.000 británicos entre los 7 y los 55 años, y otro, de 1970, con una muestra de igual tamaño y una evaluación periódica desde los 5 a los 42 años. Al final, pudieron constatar que el venir de un hogar basado en un matrimonio o de uno de cualquier otra modalidad puede marcar la vida una persona durante 60 años. Según observaron, los hijos de padres casados tuvieron un 23% más de probabilidades que los de no casados de ingresar a la universidad, un 10% más de llegar a contraer matrimonio, y un 16% menos de depender de los subsidios sociales.

La riqueza no es determinante

¿No se supone que tener padres ricos “vacuna” contra la posibilidad de quedarse rezagado en términos de consolidación social, con independencia de que los progenitores estén casados o no? Pues no necesariamente.

Según los investigadores, “la mayor aceptación –o la menor resistencia– a la necesidad de acudir a los subsidios sociales, a causa de haber visto que los padres los reciben y, a la vez, haber recibido una educación más permisiva, es lo que, creemos, explica por qué el haber procedido de una clase social más alta no evita que después los hijos, ya adultos, recurran a la asistencia social. (…). Nuestro principal hallazgo (…) es constatar que tener progenitores casados incrementa las oportunidades de ir a la universidad, contraer matrimonio y no tener que solicitar asistencia social”.

enviar mensaje
1
¿Necesitas ayuda?
Gracias por contactarnos, en que podemos ayudarle?